Antes de los resultados
Esto empezó en Toulouse, en 2002, con una estudiante francesa de Ciencias Políticas a la que en la facultad habían intentado explicarle el peronismo.
Se había llevado bastante bien la parte histórica (sabía quién era Perón, más o menos qué había pasado en la Argentina, podía ubicar el 45 en una línea de tiempo) pero le quedaba una pregunta que no lograba resolver, y me la hizo con la seguridad de quien está pidiendo apenas una precisión menor: entonces, ¿el peronismo es de izquierda o de derecha? Le dije que las dos cosas, y me miró con esa cara que ponen las personas cuando creen que uno no entendió la pregunta, antes de explicarme, con mucha paciencia, que eso no era posible.
Intenté defenderme contándole que dentro del mismo movimiento habían convivido sindicalistas y empresarios, nacionalistas y desarrollistas, revolucionarios y conservadores, y que podía dar un volantazo económico completo sin que sus militantes sintieran jamás que habían cambiado de bando. Fue un fracaso absoluto: se fue con más preguntas que respuestas y yo, si soy honesto, también, porque su pregunta era impecable. Si un movimiento puede recorrer el espectro ideológico de punta a punta y seguir siendo reconocible, el problema tal vez no esté en cómo explicarlo, sino en las categorías con las que uno intenta hacerlo.
Esa conversación me quedó dando vueltas durante años, y mi relación intelectual con el peronismo desde entonces siempre fue así, crítica y fascinada al mismo tiempo, porque es el fenómeno político que peor entra en las cajas que tenemos disponibles. Tiene doctrina e ideas, por supuesto, pero además tiene pertenencia, símbolos, liturgia, mitología, fechas, lealtades, ortodoxias y herejías; es partido, movimiento social, tradición política e identidad cultural, y en ciertos momentos tiene un aire francamente religioso. Uno puede compararlo con el PRI mexicano por su longevidad, con el Baath por su organización territorial, con el fascismo italiano o con el titoísmo por su liderazgo carismático, y ninguna de esas comparaciones alcanza del todo, porque siempre sobra algo del lado peronista que la analogía no explica. Con los años terminé resignándome a una fórmula que suena a chiste y no lo es del todo: el peronismo es peronismo, y ningún equivalente extranjero lo agota. Sobre todo tiene una capacidad de transformarse que en cualquier otra fuerza política se llamaría crisis de identidad y que en el peronismo parece ser, precisamente, la identidad.
Parte de esa obsesión terminó muchos años después en El Imperio de los Tecnoperones. No viene al caso resumir la novela acá, y hacerlo la reduciría a una alegoría política que no es; lo que importa para esta historia es que escribirla me obligó a pasar años pensando en poder, identidad, tecnología y en esa costumbre argentina de cambiar de forma mientras ciertas estructuras siguen intactas. La pregunta de la francesa seguía ahí abajo, sin resolver.
La respuesta llegó de una manera bastante menos solemne, en un asado, en 2018. Estábamos con amigos haciendo el test de Nolan, que ya es una mejora sobre la vieja recta izquierda-derecha porque separa libertad económica de libertad personal, y mirando dónde caíamos dije algo así como que esto en la Argentina no sirve. No porque Nolan estuviera equivocado: el pobre David Nolan bastante había hecho agregando una segunda dimensión y tampoco era razonable exigirle que resolviera la Argentina. El problema era otro y estaba a la vista en la mesa, porque dos personas podían coincidir casi punto por punto en impuestos, tamaño del Estado, aborto, drogas y religión, y ser adversarios políticos irreconciliables, mientras que otras dos que no coincidían en casi nada podían reconocerse sin esfuerzo como parte de la misma familia. Ahí volvió Toulouse. Quizás el error no era buscar en qué lugar del gráfico poner al peronismo, sino que había que cambiar el gráfico.
Si Nolan tenía un eje X para libertad económica y un eje Y para libertad personal, faltaba un eje Z, y ese eje era el peronismo. Agarré una hoja y me puse a dibujar, y lo que salió tenía todo el aspecto de un delirio geométrico hecho en la sobremesa de un asado (de hecho lo era) pero la idea estaba entera: representar la política argentina en tres dimensiones para separar dos cosas que acá siempre vienen pegadas, qué piensa una persona y a qué universo político pertenece. El tercer eje no pretendía medir una política pública más, sino afinidad, identificación y pertenencia, que es por lo que resulta cualitativamente distinto de los otros dos.
Después hubo que convertir el dibujo en un test, que es la parte donde uno descubre que las intuiciones geométricas necesitan preguntas, puntajes y fórmulas. Aparecieron los cinco perfiles clásicos según cómo se cruzaran libertad económica y personal, y al meterles el eje Z empezaron a salir especies nuevas: un Liberal Internacional con poco peronismo se convertía en Menemista al subir el eje Z, y más arriba todavía en Ultramenemista Terstarrosa; un Progresista Rojo Internacional derivaba en Kirchnerista y podía terminar en Neomontonero; un Conservador de Libre Mercado pasaba por Duhaldista y llegaba a Peronista Isabeliano; y el que no calificaba en ninguna de las combinaciones anteriores, que en cualquier test serio sería sencillamente un centrista, acá terminaba siendo Guardia de Hierro, que es probablemente el mejor chiste que hicimos y, como se va a ver más adelante, también el más literal.
Con el peronismo alto sumamos, además, una serie de conceptos abiertamente inventados: la peronancia, que es la capacidad de absorber peronismo del ambiente; el Peronistum Originale, la dosis basal con la que todo argentino vendría de fábrica; el Umbral de Razonamiento™, el punto a partir del cual el peronismo deja de razonarse y empieza a sentirse; y la Singularidad Justicialista, la zona extrema del eje donde las categorías colapsan y una persona puede ser de izquierda, de derecha, liberal y conservadora al mismo tiempo, como el gato de Schrödinger pero con bombo. Nada de eso es un constructo científico y no lo presentamos como tal, pero tampoco es decoración: todos esos chistes dicen exactamente lo mismo, que pasado cierto nivel de intensidad identitaria la pertenencia explica una alianza política mejor que la proximidad ideológica, lo cual es una hipótesis bastante seria disfrazada de joda, que es una manera muy argentina de decir las cosas.
Publicamos el test y la gente lo empezó a hacer. Primero unos pocos, después miles, y para 2019 ya eran suficientes como para que dejara de ser solamente una teoría de sobremesa: fue, de hecho, uno de mis primeros trabajos serios con datos, porque ese volumen me permitió notar algo que varias consultoras estaban haciendo mal, que era cortar las cohortes de edad con criterios heredados que no se correspondían con ninguna experiencia política argentina real. Me enganché con eso más de lo que esperaba. De ahí salió una empresa de datos, y con ella análisis del fenómeno liberal argentino cuando todavía no existía La Libertad Avanza, clusters políticos latinoamericanos y españoles, estadística, analítica y teoría de grafos aplicada a millones de personas. Con el tiempo la política pasó a un segundo plano y la empresa viró casi por completo al sector privado, y el test quedó donde quedan estas cosas, en una carpeta.
Pero cada tanto vuelve la pregunta de la francesa. Ahora estamos trabajando en el Japaz-Goldman 3.0, y volver sobre los datos de la 2.0 (recolectada entre 2022 y 2025, la versión cuyos resultados presentan las páginas que siguen) pareció la excusa perfecta para dejar de discutirlo en una sobremesa y preguntarlo con números: si el mapa político internacional alcanza para describir a un argentino, o si hace falta agregarle la dimensión que dibujé aquella noche del asado. La respuesta, adelantada acá para que se lea el resto con esa lupa, es que hace falta, pero solo de un lado del mapa: el instrumental importado describe muy bien al votante liberal argentino y fracasa de manera espectacular con el peronista, y esa asimetría, más que la excepcionalidad genérica, es lo interesante de todo esto.
Eso es lo que sigue.
Capítulo IEl mapa que no cierra
Una historia breve de los intentos por meter la ideología adentro de un gráfico.
La idea de ordenar las opiniones políticas sobre un eje tiene fecha y lugar: la Asamblea Nacional francesa de 1789, donde los partidarios del rey se sentaron a la derecha del presidente y sus opositores a la izquierda, y esa casualidad de mobiliario terminó convertida en la metáfora más duradera de la política moderna.
El primero en medirla en serio fue el psicólogo Hans Eysenck, a comienzos de los años cincuenta, que notó que una sola línea no alcanzaba (había izquierdas autoritarias y derechas libertarias, y meterlas en el mismo casillero era perder información) y por eso propuso dos dimensiones, una de contenido y otra de temperamento. Veinte años después, en 1969, el activista estadounidense David Nolan simplificó la idea hasta hacerla dibujable, con un cuadrado que cruzaba libertad económica en un eje y libertad personal en el otro, y ese diagrama es el abuelo directo de todos los tests que circulan hoy por internet.
Ese cuadrado funciona razonablemente bien donde la pregunta "¿qué querés que haga el Estado?" y la pregunta "¿de quién te sentís parte?" dan respuestas compatibles, pero en la Argentina las dos se separaron temprano y nunca se volvieron a juntar: un peronista pudo haber apoyado la nacionalización de los ferrocarriles en 1948 y la privatización de los mismos ferrocarriles en 1992 sin sentir jamás que había cambiado de bando, porque lo que cambió fue el programa, no la pertenencia. Ningún cuadrado de dos ejes puede representar eso, sencillamente porque el cuadrado solo tiene lugar para el programa.
Capítulo IILa Tercera Posición no era un punto medio
Ochenta años de un movimiento que sobrevivió a todos sus propios programas.
Va el mínimo de historia necesario, sin clase magistral. Juan Domingo Perón llega al poder desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, un organismo menor que convierte en plataforma, y el 17 de octubre de 1945 una movilización obrera lo rescata de la prisión política y funda, de paso, una liturgia. Gana la presidencia en 1946 y en apenas un par de años nacionaliza ferrocarriles y teléfonos, crea el IAPI para intervenir el comercio exterior, extiende derechos laborales y sanciona el voto femenino en 1947.
En el plano internacional formula lo que llamó la Tercera Posición: ni capitalismo liberal ni comunismo soviético. Es fácil despacharla como retórica de Guerra Fría, y en parte lo era, pero contiene una decisión estructural que sobrevivió al autor: un movimiento que se define por no ser ninguna de las dos opciones disponibles se está reservando el derecho a ocupar, más adelante, cualquiera de las dos.
Y ese derecho se ejerció a fondo, porque el mismo movimiento albergó en los años setenta a una izquierda revolucionaria armada y a una derecha sindical que la combatía a tiros (el enfrentamiento de Ezeiza, en junio de 1973, ocurrió el día del regreso de Perón y entre facciones que se decían igualmente peronistas) y menos de veinte años después un presidente peronista ejecutó el programa de privatizaciones y apertura más profundo de la historia argentina, para que una década más tarde el kirchnerismo reconstruyera una identidad peronista explícitamente opuesta a ese programa sin dejar nunca de reclamar la misma genealogía.
Si una misma familia política puede recorrer el eje económico de punta a punta sin perder su nombre, entonces su nombre no está sobre ese eje.
Suena bien dicho en un asado. La pregunta es si se puede medir.
Capítulo IIIEl instrumento y sus defectos
Tres ejes, treinta y cuatro preguntas, y un eje que en realidad son dos.
El Japaz-Goldman nació como respuesta artesanal a esa frustración, porque los tests importados devolvían resultados que a los argentinos les sonaban falsos, y tomó la estructura de Nolan agregándole una tercera dimensión que no funciona como sinónimo de izquierda sino como medida de pertenencia: doce preguntas de libertad económica, doce de libertades personales y diez de identidad peronista, más treinta figuras públicas para puntuar de 1 a 10 y un bloque final deliberadamente frívolo sobre música, mascotas, vacaciones y punto de cocción del asado que termina siendo, ya se va a ver, uno de los más informativos de todo el informe.
Pero antes de mostrar un solo resultado hay que auditar la herramienta. La consistencia interna de las tres escalas, medida con alfa de Cronbach, da 0,926 para el eje económico y 0,896 para el peronista (valores altos, sin ningún ítem que apunte para el lado contrario) mientras que el eje de libertades personales da apenas 0,693, notoriamente más bajo, lo que significa que sus doce preguntas no están midiendo una sola cosa.
Vale la pena entonces averiguar cuántas cosas mide realmente, y un análisis factorial con rotación varimax sobre esos doce ítems devuelve la respuesta: dos factores prácticamente independientes entre sí.
Que estos dos factores sean ortogonales ya es, en sí mismo, una descripción de la política argentina: acá se puede ser rigurosamente permisivo en materia de drogas y eutanasia y a la vez partidario de que el Estado regule el discurso público, o exactamente al revés, sin que ninguna de las dos combinaciones resulte rara. El alfa bajo, entonces, no era un defecto del cuestionario, sino el retrato fiel de un electorado que no tiene una sola idea de la libertad.
Queda, de paso, una advertencia de etiquetado: el ítem rotulado "Feminismo" mide en realidad la posición frente a las políticas de acción afirmativa y no la adhesión al movimiento, algo que se nota enseguida en que los varones puntúan 7,35 y las mujeres 4,53. Cualquier lectura literal de esa etiqueta sería un error, y acá se lo trata como lo que es.
Capítulo IVLa prueba decisiva
Si el tercer eje sobrara, habría que decirlo. Empecemos por la evidencia en contra.
Si uno mete las 34 preguntas en un análisis de componentes principales aparece un componente dominante que explica el 37,9% de la varianza y se lleva casi todo por delante, y ese componente mezcla las preguntas económicas con las peronistas: mercado y peronismo, en esta muestra, están en las dos puntas de una misma vara, con una correlación de −0,81 entre los dos ejes. El segundo componente, con apenas 8,8%, es el de libertades personales, y el tercero explica un 4,1% que es poco más que ruido estructurado.
Un analista apurado cerraría acá: el tercer eje es redundante, el peronismo es simplemente antimercado, gracias por venir. Sería un error, y la demostración de que es un error es el resultado central de todo el informe.
El test que decide
La pregunta correcta no es si los tres ejes están correlacionados, porque casi todo lo está: la pregunta es si el tercero aporta información que los otros dos no tienen, y eso solo se puede medir de una manera, pidiéndole que prediga algo.
El procedimiento es simple: para cada una de las treinta figuras públicas se corren dos regresiones, la primera prediciendo cuánto la valora una persona usando solamente libertad económica y libertad social (o sea el cuadrado de Nolan, el mapa del mundo) y la segunda agregando el puntaje de peronismo. Si el tercer eje fuera redundante, la segunda regresión no debería mejorar absolutamente nada.
Leamos esto despacio porque dice algo más raro de lo que parece a primera vista: para Juan Domingo Perón, el plano de Nolan explica el 46,1% de la variación en cómo lo valora la gente, y agregando el eje peronista esa cifra sube al 75,6%, es decir 29,5 puntos de varianza que el mapa internacional simplemente no ve. Con Evita el salto es de 25,4 puntos, con Cristina Kirchner de 18,8, con Néstor de 17,6, con Sergio Massa de 15,7, con Hebe de Bonafini de 14,8 y con Estela de Carlotto de 12,7.
Ahora vayamos a la otra mitad de la tabla, donde el patrón se invierte por completo: para Javier Milei el eje peronista agrega apenas 0,6 puntos, para José Luis Espert 0,9, para Carlos Menem 0,7, para Jorge Rafael Videla 0,6 y para Patricia Bullrich 4,9. El polo liberal, conservador y antiperonista queda descripto casi íntegramente por dos ejes que se podrían haber importado de cualquier test estadounidense.
La asimetría es contraintuitiva y por eso importa: la discusión sobre la excepcionalidad argentina suele plantearse en términos totales, como si acá nada se pareciera a nada y no correspondiera medirnos con la vara de afuera, pero los datos dicen algo más preciso que eso. La vara de afuera anda bárbaro para medir al liberalismo argentino (Milei es, estadísticamente hablando, un fenómeno perfectamente internacional, ubicable con dos coordenadas como cualquier político europeo) y lo que no entra en el instrumento es específicamente el peronismo. La anomalía argentina, entonces, no está repartida por todo el sistema político: está concentrada en un solo actor, y ese actor lleva ochenta años ahí.
La pregunta que más te delata
Hay una manera lateral y bastante más divertida de llegar a lo mismo: si separamos a quienes puntúan alto en peronismo de quienes puntúan alto en libertad económica y buscamos cuál de las 34 preguntas distingue mejor a unos de otros, aparece un ranking muy claro de qué es lo que realmente está en disputa.
Gana, con una correlación de 0,879, la pregunta sobre las causas de la pobreza, seguida de cerca por la que interroga sobre 1945 (0,870) y después, en orden, empresas estatales, impuestos, la valoración de Perón, los sindicatos y la justicia social: todo lo que uno esperaría encontrar arriba de esa lista.
Lo interesante, en cambio, está en el otro extremo: drogas discrimina con una correlación de apenas 0,009, eutanasia con −0,033, servicio militar con 0,084, sexo con −0,185 y religión con −0,203, lo que quiere decir que saber qué opina un argentino sobre la legalización de las drogas o sobre el derecho a morir dignamente no permite adivinar de qué lado de la grieta está, porque en esos temas los dos campos aparecen completamente mezclados. La grieta argentina es económica y es identitaria, y sobre la moral privada no tiene prácticamente nada que decir, que es una diferencia enorme con la polarización estadounidense, donde el aborto y la religión son precisamente el corazón del alineamiento partidario.
Capítulo VAdentro del peronismo
Qué queda de la plasticidad histórica cuando se la mide en una base de datos.
Si el peronismo es de verdad una pertenencia capaz de albergar programas opuestos, tendría que verse heterogeneidad económica entre quienes puntúan alto en ese eje, así que conviene mirar de cerca a los 20.023 casos con peronismo igual o mayor a 60.
Adentro de ese grupo la valoración de Menem correlaciona positivamente con la libertad económica (+0,37) y la de Cristina lo hace negativamente (−0,34), lo cual, interpretado sin cuidado, diría que el peronismo conserva un ala de mercado y un ala estatista tal como sugiere la historia. Interpretado con cuidado dice otra cosa, porque cuando uno mira las frecuencias en lugar de las correlaciones el ala de mercado no aparece por ningún lado: de esos 20.023 peronistas apenas 476 tienen libertad económica igual o mayor a 60, un 2,4%, mientras que el 66% le pone a Menem 3 o menos y solo un 8,5% le pone 7 o más.
Es, para mí, el hallazgo más melancólico de todo el informe. La plasticidad histórica del peronismo es real y está documentada, pero en esta base ya no se expresa como convivencia de programas dentro del movimiento, sino apenas como un gradiente: el menemismo, que fue el experimento más extremo de estiramiento identitario en la historia argentina, no dejó descendencia visible adentro de la propia familia.
La otra heterogeneidad, en cambio, la social, sí sigue completamente viva: dentro del peronismo alto el 29,4% tiene libertad social igual o mayor a 60 y el 11,9% igual o menor a 40, de modo que conviven en el mismo espacio un peronismo progresista urbano y un peronismo conservador, una convivencia que no aparece en ninguna encuesta que solo pregunte por intención de voto.
Capítulo VIPerón o Evita
Cuando a un peronista se lo obliga a elegir entre los dos fundadores, la respuesta dice más de él que del movimiento.
El eje peronista mide pertenencia, pero adentro de esa pertenencia caben dos devociones que conviene no confundir, y el test permite separarlas de una manera muy limpia: mirando, entre los peronistas altos, a quién le ponen el puntaje más alto, si a Juan Domingo Perón o a Eva. Casi la mitad no elige y les pone a los dos la misma nota, casi siempre un 9 o un 10, lo cual ya es un dato sobre la fuerza del culto. Pero de los que sí rompen el empate, la mayoría es contundente: por cada peronista que pone a Perón por encima de Evita, más de dos ponen a Evita por encima de Perón.
La divisoria es el género, y es casi perfecta. Entre quienes ponen a Evita primero, algo más de la mitad son mujeres; entre quienes ponen a Perón primero, apenas una de cada seis. Preferir a Evita sobre Perón funciona, en esta muestra, casi como un marcador de ser mujer peronista. Y no es solo demografía: el grupo de Evita valora mucho más a toda la línea femenina del movimiento (Estela de Carlotto, Hebe de Bonafini, Ofelia Fernández, Malena Pichot), puntúa más alto el aborto y la agenda de género, y se reconoce en Evita como figura fundadora antes que en el conductor. El grupo de Perón, en cambio, es el peronismo del liderazgo y la lealtad vertical: menos entusiasta con la agenda cultural progresista, algo menos estatista, y un poco más benévolo con Menem y con las figuras del pragmatismo.
El dato de conjunto es el que importa. Si se cuenta cuánta gente valora a Evita al menos tanto como a Perón (sumando a los que la ponen arriba y a los que la empatan con él) el resultado es que el 85% del peronismo la ubica a la par o por encima del fundador. Dicho al revés, apenas un peronista de cada siete todavía pone a Perón solo en la cima. La figura femenina del movimiento no solo alcanzó al hombre que le dio nombre: en el símbolo, y por un margen amplio, lo superó.
Capítulo VIIMilei, o el problema inverso
Una coalición que comprimió una dimensión a cero y dejó la otra completamente libre.
Si el peronismo es identidad sin programa fijo, el mileísmo es exactamente su espejo: programa intensísimo sin identidad previa. Basta ver que la valoración de Milei correlaciona +0,71 con libertad económica, −0,62 con peronismo y apenas +0,29 con libertad social.
Pero ahora sabemos que la libertad social en realidad son dos cosas distintas, y ahí el retrato se vuelve mucho más nítido: contra el factor de regulación de la esfera pública (acción afirmativa, discurso de odio, cuarentena), Milei correlaciona +0,63, mientras que contra el factor de moral privada (aborto, drogas, eutanasia, religión), correlaciona −0,04. Cero, para todo propósito práctico.
Ese par de números es la versión matemática de algo que se discute todos los días en la radio: el espacio liberal argentino está soldado por una sola cosa y es indiferente a otra, y puede gobernar años con esa estructura mientras la agenda sea económica y regulatoria. El riesgo aparece cuando la agenda se corre hacia la moral privada, porque ahí la misma gente que votó junta descubre que no comparte nada en particular, y sus posiciones sobre el aborto o las drogas terminan tan repartidas como las de un argentino tomado al azar.
Es la fragilidad inversa a la del peronismo: donde el peronismo tiene una identidad que le sobrevive a los programas, el mileísmo tiene un programa que no tiene identidad debajo, y ninguna de las dos cosas alcanza para ser estable por sí sola.
Los mil doscientos imposibles
Hay una rareza en la base que merece párrafo propio. Hay 19.566 personas que le ponen 8 o más a Perón y 27.998 que le ponen 8 o más a Milei, y si las dos cosas fueran independientes el cruce debería dar unas 6.140 personas; da 1.195, cinco veces menos, lo cual confirma que efectivamente son polos opuestos. Pero esas 1.195 personas existen, con libertad económica promedio de 62,7 y peronismo de 48,9: un peronismo de mercado en formación, si uno quiere ser optimista, o gente con dos lealtades incompatibles, si uno quiere ser preciso. En cualquier caso es exactamente el tipo de criatura política que ningún test de una sola dimensión podría siquiera nombrar.
Capítulo VIIIEl bestiario, puesto a contar
Antes de dejar que los datos armen sus propias familias, veamos cuántos habitantes tuvo cada una de las que inventamos a mano.
El V2.0, como se cuenta en el prólogo, no clasificaba a nadie con un algoritmo: usaba reglas de corte fijas sobre libertad económica y libertad social, cruzadas después con el nivel de peronismo, para asignarle a cada persona una de veinticinco casillas posibles con nombre propio. Veinticinco en el papel, aunque en la práctica son menos, porque la fila del 90% de peronismo para arriba no distingue columnas: cualquiera sea su libertad económica o social, el propio test manda a esa persona directo a la Singularidad Justicialista. La broma de que ahí las categorías dejan de importar no es solo un chiste de guion, es literalmente cómo está escrita la fórmula. Eso deja veinte especies con nombre distinto más una categoría que se los come a todos, y ahora que están los datos, se puede contar cuánta gente vive en cada una.
El resultado es un desequilibrio brutal: el 71,9% de toda la muestra (64.189 personas sobre 89.216) vive en apenas cinco de las veinte casillas, Liberal Argento con 18.166, Peronista de Centro con 15.791, Liberal Internacional con 15.060, Centro Argento con 9.309 y Kirchnerista con 5.863. En el otro extremo, cinco casillas juntas no llegan al 1% del total: Peronista Isabeliano tiene 32 personas, Progresista Rojo Internacional 52, Ultramenemista Terstarrosa 141, Estatista Pragmático 163 y Estatista Argentino 272, apenas 660 personas combinadas, el 0,74% de la base. La chalina palestina y la casa okupada en Barcelona, que tan bien describen al Progresista Rojo Internacional, terminan describiendo a menos gente que la que entra en un colectivo urbano.
Hay una lectura fácil y equivocada de esto, que sería pensar que las categorías raras están mal diseñadas. No es así: están hechas para marcar extremos poco frecuentes por definición, y que lo sean es parte del chiste. La lectura que sí importa es otra. La columna Centro, que en la lógica del test es directamente lo que queda cuando no se cumple ninguna de las otras cuatro reglas, junta 31.784 personas por debajo del 90% de peronismo, el 35,6% de la base, casi tanto como la columna Liberal (42,1%) y bastante más que Progresista (12,2%) y Estatista (4,7%) juntas. Más de un tercio de quienes respondieron este test no encaja en ninguna combinación con nombre propio de mercado, Estado o libertades, y termina en la categoría que se define por no ser ninguna otra cosa. Eso no es necesariamente un centro político en el sentido clásico: la mayoría de las veces es un desagüe estadístico, y conviene decirlo así de franco antes de que alguien lo confunda con un dato sustantivo sobre el centrismo argentino.
Y después está la Guardia de Hierro, que en la tabla original suena a operadores en las sombras del armado de poder y que en los datos es, con toda humildad, gente con peronismo alto que tampoco encajó en ninguna combinación económica reconocible: 4.798 personas, el 5,4% de la base. El nombre es un chiste excelente. La definición, sin embargo, es la misma que la del Centro Apolítico dos filas más arriba: lo que sobra.
Queda la Singularidad Justicialista, que reúne a 2.584 personas, el 2,9% de la muestra, y que por diseño del propio test ya no se pregunta qué piensan sobre el mercado o sobre el aborto. Es, sin proponérselo, la primera confirmación empírica de todo lo que este informe documenta con estadística mucho más seria desde el capítulo IV: pasado cierto nivel de peronismo, las otras dos dimensiones dejan de ordenar nada. El test lo sabía antes que nosotros. Simplemente lo dijo con menos pudor.
Capítulo IXLas cinco familias
Qué pasa si en vez de imponerle categorías a la gente, se las pedimos a los datos.
El capítulo anterior contó lo que pasa cuando las categorías las arma un humano con una calculadora y un poco de humor. Esta sección hace lo contrario: en vez de imponerle veinte cortes fijos a la gente, se le pide a un algoritmo de agrupamiento que encuentre solo las concentraciones naturales en el espacio de los tres ejes, sin decirle de antemano dónde tienen que estar los límites, y después se mira qué salió.
Conviene decir de entrada lo que el resultado no es: la calidad del agrupamiento baja de manera continua a medida que se piden más grupos, sin ningún salto que marque un número correcto, lo que significa que la política argentina, medida así, es un continuo y no un conjunto de tribus separadas por espacios vacíos. Los cinco grupos que siguen son entonces un corte útil sobre esa masa continua, no cinco especies distintas como las del capítulo anterior.
El peronismo clásico reúne 19.022 personas, el 21,3%: libertad económica 22,4, social 51,2, peronismo 76,2. Le pone 8,43 a Perón, 7,56 a Cristina y 1,67 a Milei. Es el grupo con más mujeres de los cinco, 38,2%.
El liberalismo integral reúne 19.862, el 22,3%, y es el grupo más extremo de la base en dos ejes a la vez: económica 86,1 y social 84,8, con peronismo 12,4. Le pone 7,46 a Milei. Es también el grupo más masculino: apenas 12,4% de mujeres.
El liberalismo pragmático es el más numeroso, 23.427 personas, el 26,3%. Económica 75,2, social 63,4, peronismo 15,8. Le pone 6,97 a Milei y 4,73 a Macri, que es el mejor puntaje que Macri obtiene en cualquier grupo. Es la Argentina promercado sin la intensidad libertaria del grupo anterior.
El progresismo no peronista reúne 16.436 personas, el 18,4%: económica 43,1, social 68,1 y un peronismo intermedio de 44,5. Es el grupo que mejor puntúa a Alfonsín (5,82) y el único donde conviven una valoración tibia de Perón (5,41) con una valoración baja de Milei (3,52). Es la franja que ningún relato binario sabe nombrar.
Y queda el grupo más incómodo, el que llamé orden y mercado: 10.468 personas, el 11,7%, con económica 51,6, peronismo 31,9 y libertad social 41,6, la más baja de las cinco. Es el único grupo donde Videla trepa a 3,70, el valor más alto de los cinco. No es liberal ni peronista: es conservador, y en el vocabulario político argentino contemporáneo casi no tiene nombre propio.
Capítulo XTres maneras de pararse frente al presente
Qué aparece si en vez de agrupar por ejes se agrupa por lealtades: pro-Macri, pro-Perón, pro-Milei.
Las cinco familias del capítulo anterior salían de los tres ejes. Hay otra manera de cortar la baraja, más cercana a cómo se discute la política en la mesa: por a quién se banca y a quién no. Tomemos tres combinaciones puras, definidas por una valoración alta de una figura y baja de las otras dos. El grupo A valora a Macri y rechaza a Perón y a Milei; el grupo B valora a Perón y rechaza a Macri y a Milei; el grupo C valora a Milei y rechaza a Perón y a Macri.
El grupo A, el macrista sin Milei, es promercado moderado y socialmente liberal, y es también el más veterano de los tres y el más parejo en género. Es el republicanismo institucional de clase media urbana, la Argentina del cambio ordenado. Conviene decir algo con cuidado sobre su tamaño: es, con diferencia, el más pequeño de los tres grupos puros. El votante que valora a Macri pero rechaza a Milei se ha vuelto una figura minoritaria en esta muestra, y su perfil veterano sugiere que no se está renovando por abajo.
El grupo B, el peronista de manual, es el reverso económico exacto de los otros dos: el más estatista, con el peronismo más alto, y en lo social un centro moderado antes que un progresismo uniforme. Es el bloque más numeroso de los tres, y el más cohesionado en su rechazo a toda la agenda promercado. Su heterogeneidad, como ya vimos, no está en la economía sino en las costumbres.
El grupo C, el libertario que no pasó por el macrismo, es el más extremo de los tres en casi todo: el más promercado, el más socialmente liberal, el más joven y, de lejos, el más masculino, con apenas una mujer cada diez integrantes. Lo decisivo es que rechaza a Macri tanto como a Perón: no es un macrista radicalizado, es alguien que llegó al liberalismo sin escala previa en la centroderecha tradicional. Su juventud y su composición de género son la cara local de la divergencia generacional que documenta el capítulo sobre cohortes.
Puestos uno al lado del otro, los tres grupos cuentan una transición sin necesidad de forzar la lectura. El liberalismo económico, que en el grupo A aparecía moderado, maduro y equilibrado en género, reaparece en el grupo C intensificado, rejuvenecido y fuertemente masculinizado. No es exactamente el mismo electorado que se corrió: son dos maneras distintas de habitar la misma vereda promercado, con veinte años de diferencia entre una y otra. Y enfrente, el peronismo del grupo B permanece como el bloque más grande y más económicamente unido de los tres, mientras esa vereda de enfrente cambiaba de forma.
Capítulo XIEl partido que se borró del mapa
Sobre Alfonsín, el radicalismo y la única figura que la Argentina todavía discute en vez de amar u odiar.
Un informe sobre política argentina que solo habla de peronismo y liberalismo está dejando afuera la tradición que gobernó el país en 1916, en 1958, en 1963 y en 1983. Vale la pena preguntarles a los datos qué queda de ella.
La respuesta es curiosa: Raúl Alfonsín obtiene un promedio de 4,67, más alto que el de Cristina (3,24) y que el de Macri (3,61), y muy cerca del de Milei (5,12), con un 15,9% de la muestra poniéndole 8 o más. Pero cuando uno busca dónde está parada esa gente en los tres ejes no encuentra un espacio propio (libertad económica 50,5, social 62,2 y peronismo 36,3, casi exactamente el promedio de toda la base) y las correlaciones de su valoración con los tres ejes, −0,30, −0,10 y +0,17, confirman que prácticamente no ordena nada.
Eso podría leerse como irrelevancia, pero creo que es exactamente lo contrario, y se nota en cuanto uno mira la forma de las distribuciones en lugar de los promedios.
Los números detrás del gráfico son elocuentes: el 72,0% de quienes opinan sobre Cristina le pone 1, 2, 9 o 10, con Milei ese extremo reúne al 59,3%, y con Alfonsín cae al 35,8%, mientras un 46,1% lo ubica entre 4 y 7. Es el único político de la lista sobre el que la gente parece tener un juicio en lugar de una lealtad.
El radicalismo, entonces, no desapareció de las opiniones argentinas: desapareció de las coordenadas. No define un lugar en el espacio ideológico porque nunca fue un lugar en el espacio ideológico, sino una manera de estar en la política. En una base donde todo lo demás se ordena en dos bandos, esa es una anomalía que dice más sobre el sistema que sobre la Unión Cívica Radical.
Al costado hay un espacio todavía más chico: si buscamos a la izquierda no peronista, definida como quienes le ponen 8 o más al Che Guevara y 4 o menos a Perón, encontramos 942 personas, el 1,1% de la base, con libertad económica 29,8 y una libertad social alta. Es un espacio real, con historia y con votos propios, que en esta muestra resulta simplemente diminuto.
Capítulo XIILa gran divergencia
Lo que pasa cuando se cruza ideología con año de nacimiento y sexo. Es la parte que más se parece a una noticia.
Acá aparece el hallazgo que conecta a la Argentina con el resto del mundo, y lo hace de la manera menos esperada. En Corea del Sur, en Estados Unidos, en Alemania y en el Reino Unido se viene documentando una divergencia política entre varones y mujeres jóvenes que no tiene precedente conocido (las generaciones anteriores votaban parecido dentro de cada cohorte, y las nuevas se están separando) y la discusión internacional gira alrededor de si el fenómeno es real, si es un artefacto de las encuestas o si es un efecto de las redes sociales.
En esta base no solo aparece: aparece con una nitidez que rara vez se consigue, y aparece en los dos ejes a la vez.
El detalle importa, porque no estamos frente a un corrimiento generacional parejo, que sería la lectura fácil: la valoración femenina de Milei va de 3,66 en las mayores a 3,94 en las más jóvenes, dentro del ruido, mientras la masculina va de 4,27 a 6,70. El eje peronista muestra el divorcio en el sentido contrario, porque los varones se mueven apenas 0,1 puntos entre la cohorte más vieja y la más joven (o sea nada) mientras las mujeres suben de 35,2 a 49,4. Las argentinas jóvenes de esta muestra no se quedaron quietas mientras los varones se movían: se corrieron con la misma fuerza, en la dirección contraria.
Sobre qué discuten exactamente
La pregunta obvia es cuál de los treinta y cuatro temas separa más a los varones de las mujeres jóvenes, y la respuesta está lo bastante ordenada como para dar un poco de impresión.
El tema que más separa a los jóvenes es la acción afirmativa: 3,68 puntos de diferencia, contra 0,83 entre los mayores. Después vienen medio ambiente (2,66), empresas estatales (2,58), bancos (2,26) y solidaridad (2,18). Del otro lado, donde las mujeres puntúan más alto, están aborto (−2,64), causas de la pobreza (−2,49), sindicatos (−2,41), voto femenino (−2,14) y 1945 (−2,10).
Lo que muestra la lista es que la fractura no es solamente cultural: empieza probablemente ahí, en la discusión sobre paridad y discriminación, pero llega hasta los impuestos, los bancos y las empresas estatales, de modo que los varones jóvenes de esta muestra no son solo antifeministas sino promercado, y las mujeres jóvenes no son solo feministas sino peronistas. La divergencia de género argentina viene con un programa económico completo de cada lado, y eso es bastante más grave que una simple guerra cultural.
El pico de permisividad no está donde uno cree
La segunda sorpresa generacional desarma otro lugar común, el de que cada camada llega más liberal en lo social que la anterior. En esta base la curva sube, hace pico entre los nacidos en los ochenta y los primeros noventa, y después baja.
El cruce de los dos hallazgos es lo que hace ruido de verdad. Los más jóvenes de esta muestra son a la vez los más liberales en economía y los menos permisivos en costumbres. Es una combinación que el vocabulario político heredado no sabe nombrar: no es conservadurismo clásico, porque quieren al Estado afuera de la economía; no es libertarismo, porque no lo quieren afuera de la vida privada. Aparece en los datos antes de tener nombre.
Un dato que no da ganas de publicar
La curva generacional tiene una forma que se repite en varios lugares, y en uno de ellos incomoda. El porcentaje que le pone a Videla 6 o más sobre 10 es 14,1% entre los nacidos antes de 1970, baja a 9,4% entre los nacidos en los setenta, se mantiene abajo de 10% hasta los nacidos entre 1990 y 1996 (9,9%), y vuelve a subir hasta 15,0% entre los nacidos después de 2003.
Hay que ser muy prudente y muy claro a la vez. Prudente, porque una muestra autoseleccionada de internet sobrerrepresenta a los jóvenes politizados y contrarios al consenso, y porque puntuar a un personaje histórico en una escala no es suscribir un programa. Claro, porque el patrón es demasiado limpio para descartarlo: la única generación que rompe la tendencia descendente es la que no tiene memoria directa ni de la dictadura ni de los juicios, y el efecto está concentrado casi por completo en los varones.
El dato no muestra un rebrote autoritario. Muestra que el consenso construido después de 1983 dejó de transmitirse solo, y que su reproducción dependía de una experiencia generacional que ya no está disponible.
Capítulo XIIIMás divididos y menos coherentes
Dos maneras de medir la polarización que dan resultados opuestos.
Hay una pregunta que la política comparada se viene haciendo desde hace sesenta años y que esta base permite responder: ¿las opiniones de la gente están atadas entre sí, o son piezas sueltas? La medida clásica, que se remonta a los trabajos de Philip Converse en los años sesenta, es simple (cuánto correlacionan en promedio todas las respuestas de una persona entre sí) y su lógica es que una correlación alta significa que saber una opinión permite predecir las otras, o sea que hay una ideología funcionando, mientras que una correlación baja describe opiniones sueltas, sin sistema detrás.
La otra medida es afectiva y viene de la literatura más reciente, y ya no pregunta cuán coherente sos sino cuánto querés a los tuyos y cuánto odiás a los otros; acá la construí como la distancia entre el promedio que cada persona le pone al bloque de figuras peronistas y el que le pone al bloque de figuras liberales.
El contraste entre los dos paneles es justamente el punto: la cohorte más joven es la que tiene las opiniones menos organizadas y, sin embargo, no resulta menos hostil que las anteriores, lo que demuestra que se puede estar profundamente enemistado con el otro bando sin tener por detrás un sistema de ideas particularmente consistente. Es probablemente la descripción más precisa de la política contemporánea que se pueda sacar de estos datos, y no es un fenómeno exclusivo de la Argentina.
El nivel general de hostilidad, además, es alto: la distancia promedio entre bloques es de 3,46 puntos sobre una escala de 9, un 24,5% de la muestra tiene una distancia de 5 puntos o más, y el 46,3% le pone 3 o menos a absolutamente todas las figuras de alguno de los dos bloques, lo que quiere decir que casi la mitad de esta base descarta un bando entero, sin excepciones.
Capítulo XIVCómo se contagia una grieta
La parte que ninguna encuesta puede hacer: mirar quién le pasó el test a quién.
Cuando alguien terminaba el test podía compartir su resultado con un enlace propio, y quien entraba por ese enlace quedaba registrado con el identificador de quien lo trajo, lo que produce un objeto que las encuestas tradicionales jamás generan: una red de 14.640 invitaciones entre 6.354 difusores, con la ideología medida en los dos extremos de cada vínculo.
Hay un detalle que cambia la interpretación y que conviene tener presente desde el principio: el enlace se compartía de dos maneras muy distintas, una activa (mandárselo puntualmente a alguien) y otra pasiva (publicarlo en una red social y esperar), y aunque las dos generan exactamente el mismo tipo de registro, significan cosas opuestas. Por suerte se pueden separar, porque quien publica en abierto acumula muchísimos más ingresos que quien se lo manda a tres amigos.
Los números son bastante contundentes: entre quienes trajeron una sola persona, la correlación de peronismo entre las dos puntas del vínculo es 0,608; entre quienes trajeron dos o tres, 0,602; entre cuatro y nueve, 0,604; entre diez y cuarenta y nueve, 0,704; y entre los nueve difusores que trajeron cincuenta o más (que aportan el 23,0% de todas las invitaciones) cae a 0,264, muy cerca de lo que daría emparejar gente al azar.
El canal público, entonces, no refuerza la homofilia sino que la diluye, y hay una prueba adicional que apunta en la misma dirección: si nos quedamos solo con las aristas de segunda generación o más, es decir con las personas que entraron por un enlace y después volvieron a compartirlo, la correlación sube a 0,677, la más alta de todas. La cadena de reenvíos es, entonces, el lugar donde el circuito se cierra del todo.
Puesto en categorías el efecto es todavía más gráfico: un peronista trae a otro peronista el 65,7% de las veces cuando los peronistas son el 22,4% de la base, y un liberal trae a otro liberal el 63,4% de las veces sobre una base del 48,8%. El coeficiente de asortatividad de la red respecto del peronismo es 0,579.
Conviene decir qué significa esto y qué no: no significa que los argentinos no se hablen entre sí, sino que un objeto lúdico y aparentemente inocente viajó casi exclusivamente por circuitos ideológicamente homogéneos, y que ese cierre ocurre en el canal íntimo y no en el público. Es una imagen invertida de lo que dicta el sentido común, porque solemos culpar a las redes sociales por el encierro, y acá el altavoz público es justamente lo único que cruza la grieta: donde el circuito se cierra de verdad es en el mensaje privado.
Capítulo XVLas opiniones tienen tres ejes; las personas, uno solo
El colapso dimensional de la simpatía política.
Todo el informe viene sosteniendo que hacen falta tres dimensiones para describir a un argentino, pero cuando uno pasa de las opiniones a las personas ocurre algo distinto y bastante inquietante: si se toma la matriz de correlaciones entre las treinta figuras públicas y se le busca la estructura, el primer factor explica el 38,8% y el segundo apenas el 13,0%, lo que quiere decir que las simpatías, a diferencia de las opiniones, se ordenan sobre una sola vara.
Uno puede tener una posición matizada sobre las jubilaciones, la eutanasia y el rol de los sindicatos, y aun así distribuir sus afectos políticos como si el mundo tuviera un solo eje. Es la traducción estadística de una experiencia cotidiana: la discusión argentina admite muchos matices hasta el momento exacto en que aparece un nombre propio.
Esa matriz de treinta mezcla políticos con deportistas y figuras de la farándula, y por eso el eje único apenas explica el 38,8%: hay un grupo de nombres, encabezado por Messi, que no se deja ordenar por la grieta y baja el promedio. Si uno se queda solo con las figuras políticas, el eje único trepa al 47,9%, y si se queda solo con los peronistas, al 57,6%. Cuanto más se acerca la lente a lo político puro, más domina la vara única. Vale la pena mirar de cerca ese último zoom.
El bloque grande es la genealogía canónica del movimiento, y se mueve como una sola cosa: Perón con Evita correlacionan 0,87, los organismos de derechos humanos entre sí otro tanto, y todo ese conjunto se sostiene con correlaciones altísimas que confirman que, para el peronista, esas figuras son intercambiables como marcadores de identidad. Lo interesante es el rincón. Menem correlaciona en negativo con casi todo el núcleo, y Pichetto ronda el cero; son dos peronistas a los que la propia feligresía no termina de reconocer como de los suyos. Y como para redondear la paradoja, correlacionan en positivo entre ellos: forman su propio subgrupo, el peronismo que el peronismo no abraza, con Berni y Massa haciendo de puentes tibios entre una orilla y la otra. Es el mismo hallazgo del cuadrante vacío del capítulo V, visto ahora desde la estructura de las simpatías en lugar de desde los ejes.
El gráfico condensa varias cosas a la vez: que Milei y Cristina ocupan los extremos exactos y que ambos son, en promedio, figuras de valoración media (polarizan más de lo que gustan), que Alfonsín es el único político que queda cerca del centro geométrico con una valoración razonablemente alta, y que Videla, con un promedio bajísimo, está claramente ubicado del lado liberal-antiperonista del eje. Esa última vecindad estadística conviene decirla sin dramatismo: la correlación entre valorar a Videla y valorar a Milei es +0,33, bastante menor que la que Milei tiene con Espert (+0,76) o con Bullrich (+0,53), pero no es cero.
Maradona y Messi, o los dos modos de ser argentino
El caso más elegante de todo el informe es futbolístico. Maradona correlaciona +0,49 con peronismo, −0,37 con libertad económica y −0,24 con libertad social, y se podría despachar diciendo que es un subproducto (como el peronismo de la muestra es antimercado, cualquier símbolo popular arrastraría la misma señal) pero para descartar esa lectura hay que aislar el efecto, sacándole a la valoración de Maradona y al puntaje de peronismo todo lo que ya se explica por los otros dos ejes, y correlacionar lo que sobra. Queda +0,35: la asociación no es un artefacto, y Maradona funciona como marcador de identidad política por derecho propio.
Messi, en cambio, es estadísticamente indescriptible: sus correlaciones con los tres ejes son +0,06, 0,00 y 0,00, y el modelo completo explica apenas el 1,1% de la variación en cuánto lo valora la gente. Es la figura mejor puntuada de las treinta, con 7,98, y al mismo tiempo la que menos información política aporta. Saber cuánto querés a Messi no permite adivinar absolutamente nada sobre vos.
Maradona es la prueba de que la identidad política se derrama sobre cosas que no son políticas. Messi es la prueba de que, aun así, quedan lugares donde no llega. Ricardo Darín, con 0,5% de varianza explicada, es el otro habitante de esa zona franca.
Capítulo XVI¿Se puede adivinar tu ideología sin hablar de política?
El bloque frívolo del test, puesto a trabajar en serio.
Queda el último tramo, que se incluyó originalmente como chiste. La regla acá es distinta a la del resto del informe, porque con 89 mil casos cualquier diferencia da estadísticamente significativa, así que lo único que importa de verdad es el tamaño del efecto.
Entre quien toma mate y quien toma café hay 10,9 puntos de peronismo de diferencia; entre quien veranea en el río y quien va a la nieve, 13,0; entre quien escucha cachengue y quien escucha electrónica, 12,8; entre gato y perro, 5,4; y entre el punto de asado de los rockeros y el de los traperos, apenas 0,14 puntos sobre una escala cuyo desvío estándar es 1,32, o sea nada.
El asado es el hallazgo nulo más argentino imaginable, y es también el único terreno verdaderamente unificado del país: en un dataset donde el mate predice ideología mejor que la provincia, el punto de la carne no predice absolutamente nada.
Vamos entonces a la pregunta que da título al capítulo. Entrené un modelo de árboles con gradient boosting para adivinar si una persona pertenece al campo peronista o al liberal usando exclusivamente sus gustos (bebida, mascota, vacaciones, género musical, estación preferida, y cuán negro toma el café, cuán tostado el pan y cuán cocida la carne) sin una sola pregunta de política, y lo evalué sobre un 30% de casos que el modelo nunca había visto.
Con solo los gustos, el AUC es 0,692; agregando la provincia sube a 0,705, agregando la edad a 0,716 y agregando el sexo a 0,744, con un acierto del 74,3% contra un piso de 68,5% que ya se conseguiría contestando siempre "liberal" sin mirar nada. Sobre el puntaje continuo de peronismo, ese mismo modelo explica el 14,4% de la varianza y reduce el error promedio de 23,2 a 20,9 puntos.
Ese es el resultado honesto y también el más útil. Los gustos son sombras que la estructura social proyecta sobre el consumo: existen, se miden, y no determinan nada. El mate no te hace peronista. Simplemente es más probable que tomes mate si lo sos.
Capítulo XVIIEl dogma y lo que vino después
Una lectura de conjunto, con la advertencia de que a partir de acá empieza la interpretación.
Todo lo anterior se puede leer como una acumulación de hallazgos sueltos (una validez incremental acá, un cuadrante vacío allá, una brecha de género en el medio) y cada uno se sostiene solo, con su propia evidencia. Pero también se puede leer como una sola historia, y vale la pena contarla antes de cerrar, con la salvedad de que en este último tramo dejo de reportar números y empiezo a ofrecer una interpretación. Los números siguen siendo los del resto del informe; lo que cambia es que ahora los uso para argumentar algo, en vez de solamente describirlo.
La historia es esta. Durante ochenta años la Argentina organizó buena parte de su conflicto político no alrededor de un programa, sino alrededor de un dogma. Uso la palabra con toda su fuerza y sin intención insultante: un dogma es un cuerpo de creencias que no se sostiene por su coherencia interna sino por la fe de quienes lo profesan, con sus propios santos, su propia liturgia, sus propias herejías y su propia manera de decidir quién está adentro y quién afuera. El peronismo cumple esa función mejor que cualquier partido político convencional, y este informe lo demuestra con una precisión que ninguna sobremesa podría alcanzar: agregar el eje peronista a la libertad económica y la libertad social no mejora un poco la capacidad de explicar cómo se valora a Perón, la mejora en 29,5 puntos de varianza, y hace prácticamente lo mismo con Evita, con Cristina, con la marcha peronista. Ningún programa explica esas cifras, porque no es un programa lo que se está midiendo. Es una fe, y las fes no se derrotan con datos: se heredan.
Esa misma lógica explica por qué el cuadrante del peronismo de mercado está vacío, aunque el menemismo haya sido, en términos programáticos, uno de los experimentos liberales más profundos del continente. Un dogma puede tolerar casi cualquier desvío programático de sus propios sacerdotes mientras dure el sacerdocio, pero no necesariamente le hereda ese desvío a la feligresía: el peronismo perdonó a Menem la conversión al mercado en su momento y en buena medida se la sigue reprochando hoy, con dos tercios de los peronistas de esta base poniéndole 3 o menos. La identidad sobrevivió intacta. El programa fue una anécdota que la mayoría prefirió no imitar.
Lo que hace interesante a esta base de datos, más que confirmar esa vieja intuición, es mostrar con la misma nitidez el fenómeno inverso, y ahí vuelvo sobre la pregunta de la francesa con una respuesta que en 2002 no tenía. Durante ochenta años, cada fuerza que intentó plantarse enfrente del peronismo terminó pareciéndose demasiado a él: buscó su propio líder providencial, su propia épica fundacional, su propio panteón. Lo que el liberalismo argentino contemporáneo tiene de genuinamente nuevo, y que estos datos permiten decir con precisión por primera vez, es que no repite esa fórmula. No es un dogma que compite con el dogma peronista por el mismo tipo de lealtad. Es, en el sentido más literal que estos números permiten, una fuerza sin dogma.
La prueba está en la propia anatomía de esa coalición. Contra el factor que mide la regulación de la esfera pública, que es la parte más cercana a un programa de gobierno, la valoración de Milei correlaciona 0,63 y la dispersión interna de su núcleo se derrumba a 0,38: ahí adentro hay casi tanto acuerdo como puede haber en cualquier cosa medida en ciencias sociales. Pero contra el factor de la moral privada, que es la parte que en cualquier identidad dogmática funcionaría como catecismo (qué se puede hacer con el propio cuerpo, con la propia muerte, con la propia fe), la correlación es −0,04, prácticamente cero, y la dispersión interna, 0,86, es tan alta como la del país entero. Un dogma no dejaría esa pregunta abierta: la construiría en catecismo, la volvería sagrada, la usaría para separar a los propios de los ajenos, tal como el peronismo hizo con la Tercera Posición o con la marcha. Esta coalición, en cambio, la deja completamente librada a cada uno. Se junta por un diagnóstico económico y un método, y no le pide a nadie que además comparta una visión del mundo. Eso no es un dogma opuesto. Es, precisamente, la ausencia de uno, organizada con la suficiente intensidad como para ganar elecciones.
Y esa ausencia trae su propia fragilidad, que es la contracara exacta de la fragilidad peronista. El peronismo puede sobrevivir a cualquier fracaso de gestión porque su cohesión nunca dependió de la gestión; puede perder una elección, equivocarse en una política económica entera, y seguir siendo, para millones de personas, la respuesta a la pregunta de quién soy. Una coalición que se sostiene sobre un diagnóstico técnico no tiene ese colchón. Si el diagnóstico deja de convencer, o si el método deja de funcionar, no hay una segunda capa de pertenencia esperando para sostener el edificio, porque nunca se construyó esa segunda capa: fue, deliberadamente o no, una fuerza que decidió no pedirle a sus votantes una fe, sino un resultado. Es una apuesta más liviana de sostener en la victoria y muchísimo más frágil en la derrota, porque no tiene adónde retirarse a esperar el próximo ciclo salvo al resultado mismo.
No pretendo que esta lectura sea la única posible, y probablemente alguien razonable diga que llamar "sin dogma" a una fe tan intensa en el libre mercado es, cuando menos, generoso, porque toda ortodoxia económica tiene también sus propios artículos de fe. Puede ser. Pero incluso esa objeción confirma la asimetría que importa: la discusión sobre si el liberalismo argentino tiene o no un dogma se da en el terreno económico, que es exactamente donde este informe encuentra el acuerdo casi total; nadie discute si tiene un dogma sobre el aborto, la eutanasia o la religión, porque ahí, medido con estos datos, no tiene absolutamente nada que ofrecer más que una repartición idéntica a la del resto del país. Eso es, dogma o no dogma en lo económico, una novedad genuina en la historia argentina: la primera vez en ochenta años que una fuerza capaz de disputarle el poder al peronismo no intenta parecerse a él para lograrlo.
Si algo queda claro después de mirar ochenta y nueve mil respuestas es que la Argentina no es un país difícil de clasificar porque sea caótico. Es difícil de clasificar porque, durante buena parte de un siglo, tuvo un dogma tan bien construido que ninguna herramienta importada podía verlo, y ahora tiene, por primera vez, algo que no es otro dogma sino su negativo exacto: una fuerza que no pide fe, sino cálculo, y que por eso mismo puede ganar tan rápido como puede desarmarse. Ese sigue siendo, ochenta años después de que Perón subiera a un balcón, el eje que ningún cuadrado de Nolan puede dibujar solo. Hizo falta agregarle uno más, y ahora, para entender lo que viene, probablemente haga falta preguntarse qué eje hay que agregarle a este.
La francesa de Toulouse en algún momento dejó de estudiar Ciencias Políticas y no tengo forma de contactarla para contarle que, veintitrés años después, alguien terminó midiendo su pregunta con ochenta y nueve mil respuestas. Pero si volviera a hacérmela hoy, la respuesta ya no sería solamente "las dos cosas". Sería que en la Argentina hay dos maneras de estar en política, con dogma y sin él, y que las dos, por motivos exactamente opuestos, son bastante más frágiles de lo que parecen desde afuera.